lunes, 26 de junio de 2017

Canoa

Subí a la canoa, le quité la amarra, me despegué de la orilla con un pequeño empujón en el borde, tomé los remos y comencé a moverme. El agua estaba marrón y espesa. La luz del sol se filtraba entre los árboles y formaba retazos de superficies brillantes al chocarla. El río corría con un vaivén constante, el impulso de los remos lo frenaba y permitía que me desplazara, mis movimientos también tenían que ser constantes y precisos para lograr avanzar.
La orilla de a poco quedaba distante. El sol estaba a punto de perderse entre las copas más bajas de los árboles. De pronto un destello atravesó el espacio interno de mi canoa, vi algo que no había cargado. No llegaba a reconocer la textura y color del objeto, parecía un pedazo de tela camuflada abollada. Sin dudas no lo había puesto ahí. ¿Cómo fue que no me di cuenta apenas subí al bote? La curiosidad tuvo que acompañarme hasta llegar a la otra orilla, si dejaba de remar la corriente me alejaba de mi curso, y ya estaba por oscurecer por completo. Mientras, el bollo de tela seguía ahí frente a mis ojos: inmóvil. Logré desplazarme un poco hacia adelante, en el estrecho hueco de la canoa, con el pie izquierdo logré mover la tela, parecía un bolso o una mochila. No le quité la vista de encima, cada tanto se iluminaba por un rayo de luz. Imaginé que se movía. No podía dejar de pensar de quién sería. No había cruzado a nadie en esa isla, estaba en una zona del litoral poco transitada.
Cuando llegué a la otra orilla, aferré la canoa, tomé con mucho cuidado el bollo de tela. Era una mochila camuflada, revisé su interior, estaba vacía. Busqué en cada uno de sus bolsillos. Encontré un papel plegado a modo de avioncito, lo abrí y leí “usame en tu viaje, podés cargar muchas cosas, dejarme en el piso o colgarme de un árbol, pero nunca me guardes vacía en un armario”.
Armé la carpa. Guardé algunas de mis cosas en la mochila, apoyé la cabeza sobre ella y me recosté a ver el sin fin de estrellas que de a poco cubría el cielo para trazar mi próximo recorrido; mientras asomaba un leve viento húmedo y caluroso, como siempre pasa en el litoral.

domingo, 14 de mayo de 2017

La torta supersónica

La receta de la torta supersónica madre la sacó del recetario de Blanca Cotta, que salía los domingos en la revista Clarín. No está copiada en ningún cuaderno, es un recorte de la revista, tiene forma de L acostada de unos 7 x 5 cm de cada lado, donde primero se listan los ingredientes, luego se detalla el procedimiento. Se guarda entre las hojas de un pequeño recetario de Maizena, junto con algún otro recorte también de recetas de cocina, pero que no se consultan tan a menudo. Todo eso va en un cajón del bajomesada, que también contiene los repasadores y delantales.
La torta supersónica se hizo en casa desde que tengo memoria, generalmente los sábados de otoño o invierno, por la tarde, apenas después de terminar de lavar los platos del almuerzo, justo cuando el sol tenue empieza a entrar por la ventana y se instala sobre la mesa. Prender el horno, sacar la receta, buscar los ingredientes: los secos se acomodan por un lado, los húmedos, que se agregan después, por el otro. Enmantecar y enharinar el molde, el que tiene un cilindro en el medio, para que quede en el centro hueca. Mezclar todo muy bien, con movimientos envolventes, ese era siempre el momento crucial, si la mezcla quedaba muy chirle o agrumada la torta fallaba. Cuando me tocaba a mi ese procedimiento, madre siempre estaba atenta, me miraba, y me retaba de ser necesario... “pero así no hija, que si no queda apelmazada, son movimientos envolventes y enérgicos, no se pavea”; también recuerdo que en ese momento a veces ella le tiraba un chorro de soda del sifón para ayudar al polvo de hornear a levantar la masa, para que quede bien esponjosa. Luego se espolvoreaba con azúcar y al horno.
La receta tenía variantes: rayadura de limón o naranja, unas gotas de vainillín, o la más esperada por mí: separar la masa en dos y a una parte agregarle cacao en polvo, el armado era muy delicado: una cucharada de vainilla, una de chocolate y así alternando capas hasta que se termine la masa. El resultado era un misterio y siempre distinto. Si, yo prefería comerme los pedazos con más chocolate, pero en eso, por suerte, nos complementábamos con mi hermano, él prefería los que tenían mayor cantidad de vainilla.
Una tarde la torta supersónica me hizo volar, es uno de mis recuerdos más lejanos en el tiempo, tenía entre 3 y 4 años, estaba enyesada por lo que no podía caminar. Aquel pedazo de torta no solo se saboreó en mi boca, también recuerdo el aire recubierto de su aroma que chocaba con mi cara, mientras mi mamá me llevaba como un avioncito en el aire recorriendo todo el patio. El contrapiso gris pasaba veloz, el portón estaba abierto, yo veía moverse esa mezcla de pasto y escombros que era el jardín y me reía bien fuerte.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Encuentro

Encontré una nueva ventana en mi casa. Fue extraño porque hace casi nueve meses que me mudé y aún no había llegado a ella. Está detras de una cortina, es de vidrios recortados de color azul. Al mover despacio la traba de metal y abrirla, pude ver hacia abajo un poblado de casas bajas con techos de tejas musleras que brillaban apenas con la primera claridad del día. Me entusiasmé y corrí otra cortina, solo estaba el tablero de luz.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Berenjena

Hoy me siento como una berenjena. Acá, acomodada en este cajón de madera, rodeada por otras morochas semejantes. Hoy nos tocó salir a la vereda, por suerte estamos en la segunda hilera, si contamos desde el piso, un poco distantes del paso de los perros, más cercanas a la vista de las personas. La verdad no sé porque digo 'por suerte' si estamos más al alcance de las manos. Y..., ¡qué entrometidas son las manos! Te agarran, te dan vueltas, te acercan a la nariz, inspiran, te alejan, presionan levemente y ahí te dejan otra vez en el cajón, con el riesgo de alborotar el orden previo y que alguna de nosotras caiga al piso, ruede unos metros y termine (¿por castigo?) en un cajón recluído, de contenido más diverso y dudosa integridad.
Cierto que la suerte puede ser otra, en vez de volver al cajón, podés caer en una bolsa, algunas veces en compañía de otras de las tuyas, otras en soledad. Así te trasladan, como flotando por la vereda, durante un rato junto a otros vegetales. Siempre uso el tiempo de ese recorrido para conjeturar cómo será que termine mi día: si hervida en vinagre, sazonada a gusto y enfrascada; fileteada y al horno; rebozada y en la sartén; salteada en oliva junto a otras verduras y mezclada con fideos de arroz; si me toca enfrentar el poder de la minipimer y terminar hecha puré; o, si me tratan con todo el amor del mundo, y me convierto en la reina de una lasagna, sabrosa y cálida, preparada en una casa de la calle 53 en la ciudad de La Plata.

domingo, 21 de agosto de 2016

No puede silbar

 

  


-Duerme, hijo mío.
Yo no sé nada
con nuestra mano tendida
la culebra muerta no puede silbar.(1)


Soné con una culebra.
En el sueño tenía la chance de cortarla,
con una pala o un hacha,
pero prefería dejarla vivir.
Lograba sacarla de la casa,
y se escondía una vez más en las afueras.
Mientras pensaba -¿por qué matarla, si ahí ya no molesta?-

Al despertar, me di cuenta, que unos días atrás
ya había soñado con una culebra.
En ese momento de placentera confusión de realidad,
me preguntaba la razón por la que había dejado a la culebra con vida.
¿Tantas ganas tenía de continuar soñando con ella?
¿Qué diría Andrea(2) de lo que yo diría que representaba esa imagen,
para conservarla en mis sueños y no eliminarla de una vez?

No puedo saberlo,
pero será quizá...
que
la culebra
muerta
no puede
silbar.




Imágen: Disco de bronce, Cultura Santamariana Período Tardío (1200-1535 d. C.)
 
(1) Verso construído con frases recortadas de otros textos, los seleccioné al azar de la mesa donde estaban mezclados con muchos más.
(2) Mi psicóloga durante unos cuatro años.

 

domingo, 14 de agosto de 2016

Recorrido en sueños

Vení, contame de ese territorio miterioso que recorrés por las noches. Sé que es temprano aún, tengo que sentarme a escribir pero me duele tanto la cabeza que no puedo hacer otra cosa más que estar tirada en la cama a oscuras. Solo distingo el continuo bum, bum del fluir de mis venas. Suben inyectando señales de expansión a mi cabeza es una sensación de opresión que no cesa, aunque ahora se mezcle con tu sereno andar que delimita mi silueta en el colchón.
No te vayas todavía. Vení, contame de esos paisajes de planos en gamas de azules, que se superponen, mientras se hacen cada vez más intensos y del púpura profundo llegan al negro. Espacio donde el abundante verde silvestre del día se pierde, y apenas se distinguen relieves de las ramas salientes. Contame de la hora de oscuridad cuando el matorral es una masa uniforme y su diversidad se percibe a través del olfato, el oído y el tacto.
Contame de los ruidos del camino que te guían hasta los otros gatos monteses. Mostrame cómo perciben los olores, cómo los distinguen, enseñame. Contame del contacto del suelo con tus garras, de tu cuerpo con el de tus pares. Lo que sienten tus músculos cuando te aferrás a las grietas de un tronco, trepás a una rama elevada y cambiás de la sensación de humedad del suelo a sentir la brisa a esa altura. Llegás a otros sonidos y olores.
Entre la oscuridad de este cuarto mi cabeza aún late según ordena el bum, bum, pero de a poco empiezo a percibir esos aromas. Las venas ahora impulsan sonidos de tu hábitat. Tu recorrido se vuelve el analgésico que nunca tomo, logro dormirme (o eso creo), vos ya estás en tu territorio de sueños.
 

Kaametza y el jaguar

sábado, 2 de julio de 2016

Rito

En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra rito, y no sé dónde ni cuándo. Al lado del rito está la costumbre. Al lado de la costumbre una repetición de reglas y pautas. Me creo que no tengo ritos. Busco entre mis creencias y acciones algo, una pista, un indicio, una mueca que me involucre en un ritual y nada. Es por eso que hace tiempo decidí correr mi escala de escepticismo para permitir el ingreso de esa palabra en mi cotidiana vida. Me propuse seguir con atención los ciclos de la luna; encender velas aún en las noches que no se corta la luz; al amanecer tres saludos al sol mirando al este, aunque mi este de a una pared; matar cucharachas solo en las noches y con el pie derecho. No sé cuantas otras acciones ideo como factibles rituales cada mañana al levantarme, mientras pongo la pava en el fuego, yerba al mate, acaricio al gato, recibo sus ronrones, prendo la radio y voy al baño a hacer pis.